28 de enero del 2016

Compartimos con ustedes el discurso que la Embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Samantha Power dio ayer en el Consejo de Seguridad en el marco del evento titulado: “El reto global de rendir cuentas por personas desaparecidas en conflictos, violaciones a derechos humanos, desastres, crimen organizado, migración y otras razones involuntarias”, en donde también participó la Hna. Consuelo Morales.
(Disponible en su versión original en inglés aquí: http://usun.state.gov/remarks/7111)
Muchas gracias. Embajador Rycroft, muchas gracias por presentar al Consejo este importante tema con el peso emocional, el cual es muy difícil de capturar en intervenciones de cinco minutos. Pero el trabajo diario que hace cada una de las personas de este panel es increíblemente exigente, entre otras cosas, porque es muy raro otorgarle buenas noticias a los familiares que están buscando a sus personas que son más queridas. Pero estamos sorprendidos, en verdad, de que el trabajo que todos ustedes hacen es vital.
En meses recientes, yo he tenido la oportunidad de visitar dos países afectados por grandes números de desaparecidos: Sri Lanka y México. La historia y las causas de cada problema, en cada contexto son completamente distintas- y estos dos países en ninguna medida representan el espectro completo del problema alrededor del mundo- yo estuve sorprendida en estas dos visitas por cómo los mismos temas emergieron con los familiares de las víctimas, con las ONGs y con los oficiales de gobierno. Así que me gustaría resaltar tres de estos temas brevemente.
El primero es el obvio: el duradero y enorme dolor y dificultad vivido por las familias que tienen un ser querido desaparecido. Familiares de las víctimas tanto en México como Sri Lanka hablaron de cómo las desapariciones terminaron virtualmente todo aspecto de sus vidas. Y podemos imaginarnos que si esto nos pasara a nosotros no podríamos funcionar en la forma que alguna vez lo hicimos. Muchas con los que hablé se alejaron de sus comunidades por depresión o miedo; jefes de familia rdejaron de ir a trabajar, en lugar dedicaron sus vidas a buscar a sus seres queridos; niños no pudieron dormir en la noche o enfocarse en la escuela. Una madre en Monterrey, México-donde tuve el privilegio de conocer algunas de las familias con las que trabaja la Hermana Consuelo en su extraordinaria organización, CADHAC- describía la angustia como “algo que se apodera de todo tu cuerpo”. Otra madre en Monterrey me dijo que cada vez que alguien toca la puerta o escucha el teléfono sonar, espera que sea su hijo que había sido secuestrado años antes. La falta de respuestas sobre lo que ocurrió con su ser amado les impide tener algún tipo de cierre para comenzar a sanar.
Segundo, en muchos casos, el sentimiento de impotencia de la familia se exacerba con el rutinario fracaso de las autoridades para buscar a los desaparecidos o llevar a la justicia a aquellos responsables. La falta de investigaciones apropiadas no sólo daña a la familia- también manda un mensaje a los responsables de que pueden continuar desapareciendo gente con impunidad. Tanto en México y Sri Lanka, yo he escuchado de familias que reportan casos a las autoridades, sólo para verlos sentados ante pistas de investigación clave o perder evidencia crucial. Otros fueron desanimados o incluso amenazados por los mismos oficiales cuyo trabajo era ayudarlos. En Jaffna, Sri Lanka, hace sólo unos meses una madre me dijo que en marzo de 2009 ella vio cómo hombres en uniformes militares secuestraron a su hija de 16 años, y ella misma fue golpeada mientras intentaba intervenir. A pesar de reportar el crimen rápidamente a las autoridades, la madre me dijo, que nunca escuchó ninguna respuesta. Ella ha pasado cada día desde hace seis años buscando a su hija, cuya ubicación sigue desconocida.
Sin embargo, también vi esfuerzos como lo han sido descritos hoy, en México y en Sri Lanka que muestran la posibilidad de progreso. Esto me lleva a mi tercer y último punto, el cual es que debemos hacer un mejor trabajo replicando las mejores prácticas en los lugares más afectados por las desapariciones- como hoy en día en Sri Lanka, donde miles de personas han desaparecido durante el brutal conflicto-incluyendo defensores de derechos humanos como Razan Zeitunah; en Irak, donde, como la sobreviviente Nadia Murad le contó al Consejo el mes pasado, al menos, 3,000 mujeres Yazidi y niñas han sido secuestradas por el Estado Islámico (ISIS).
Permítanme compartir sólo algunos aspectos positivos. En Monterrey- por lo que escuché de la Hermana Consuelo- un esfuerzo por reunir a los familiares de las víctimas, defensores de derechos humanos, procuradores locales para buscar a los desaparecidos ha ayudado a reconstruir la confianza, reforzar las investigaciones, y hacer un hueco en una cultura de impunidad. En Sri Lanka, el gobierno Sirisena pasó una histórica legislación en Septiembre de 2015 para emitir certificados de “desaparición” a los familiares de las víctimas- una reforma que busca terminar la hiriente práctica de forzar a los familiares firmar actas de defunción para poder acceder a servicios básicos, un dilema el cual los panelistas han eludido. En los Balcanes, como recién hemos escuchado, la Comisión Internacional de Personas Desaparecidas ayudó a instaurar una base de datos creíble y comprensible en restos no identificados y ADN de familiares de las víctimas, la cual ha determinado el destino de cientos de miles víctimas- incluyendo 90 por ciento de las 8,000 personas que fueron masacradas en Srebrenica en 1995.
Estos esfuerzos son indispensables en países como México y Sri Lanka, en los que faltan bases de datos creíbles, y comprensibles, y dónde construirlas puede ayudar a miles de familias a obtener respuestas que han buscado por tanto tiempo.
Permítanme concluir. Al final de mi junta con las familias de los desaparecidos en Monterrey, ellos cantaron una canción que cantan al final de cada reunión semanal. Compuesta hace décadas por un músico argentino, la cual habla de las Madres de la Plaza de Mayo- un grupo de mujeres que, desde la Guerra Sucia, han realizado demonstraciones en el país enfrente de la mansión presidencial para demandar respuestas sobre la desaparición de sus hijos e hijas. Aunque la canción fue escrita sobre las madres de Argentina- muchas de las cuales aún buscan a sus hijos después de cuatro décadas- suena verdadero para muchas familias en el mundo. Así que permítanme concluir leyéndoles un verso de esta canción:
“Todavía cantamos, todavía pedimos,
todavía soñamos, todavía esperamos;
por un día distinto
sin apremios ni ayuno
sin temor y sin llanto,
porque vuelvan al nido
nuestros seres queridos.”
Muchas gracias.
“A través de su ayuda humanitaria, la Unión Europea apoya a CADHAC”.
